Las Ruinas.
- Laura
- 23 abr 2020
- 3 Min. de lectura
Una hermosa presentación de mi libro de poesía en la biblioteca nacional. Gracias!, Alan Talevi escritor y editor.
Editar el libro de alguien que uno admira mucho es difícil. Presentarlo, más todavía.
Lo primero que tengo que decir, para descargarme de cualquier pretensión objetiva es que admiro la escritura de Laura Elizalde, a quien considero, a la vez maestra, y amiga. La admiración no permite una mirada limpia, la admiración es un gustar excesivo, un estado cargado de emocionalidad.
Las formas de Laura, sean en prosa o en verso, son invariablemente poéticas. Sus temas, recurrentes: el mundo antiguo, el pensamiento griego (y no en especial el pensamiento atistotélico, sino el anterior, el pre-socrático, el de Heráclito y Pitágoras). Se advierte enseguida: sus textos no son una lectura programática, van a contra-mano y a contra-tiempo de la pauta epocal, que prefiere el pasado reciente, el futuro inmediato o la circunstancia contemporánea. Pocos autores contemporáneos hablan de Robert Graves, de Platón, de Asclepio o de Calímaco, y son muchos menos los que lo hacen en clave poética.
La lectura de cualquier libro, además del goce estético. implica construir una o varias hipótesis, que son descartadas, pivotadas o refinadas en cada relectura. Después de haber leído, varias veces, el conjunto de poemas que componen Las Ruinas, mi hipótesis es que el libro trata sobre un amor y sobre un viaje. El viaje es doble: el despliegue geográfico permite, también, un desliz cronológico, como el que le sucede a Marguerite Duras en uno de los poemas:
Está encerrada en una astilla del tiempo
diez años tarda en darse cuenta.
Deambula en círculos
el aroma del bosque antiguo está afuera y adentro.
No apoya completamente sus dedos sobre las teclas /del piano
por miedo a perderse.
La libertad es rara
un plegado pañuelo azul envuelve su garganta
lleva los pies desnudos y se sienta a orillas de un río
para contemplarlo en silencio
durante diez años
Sí. La clave de este libro, Las Ruinas, es el tiempo (una ruina es una huella de arquitectura humana, estructuras que alguna vez fueron un todo, pero que se han derruido de forma espontánea o por actos deliberados de destrucción, por acción o por omisión). Los libros de Laura son como su concepción del tiempo: un tiempo que vuelve sobre sí mismo, que se pliega, circular, sagrado, antiguo. Un tiempo accidentado como el cauce errático de un río que admite saltos y rodeos. Un tiempo en el que todas las épocas coexisten, actuales, imbricadas, entretejidas. Así, en su poema dedicado a Mnemosyne, el río de la memoria en los dominios de los muertos, dice:
No sabe si en el porvenir será otra o la misma,
si volverá en ese despliegue
a ser aquella muchacha de Rarh,
si alcanzará finalmente el destello de oro,
que proyecta el tiempo y el destiempo,
si será solo el sueño de este sueño,
cuando la tarde se agote y el cansado cuerpo,
se distienda en esa incierta hora
¿Y qué hay sobre la historia de amor? ¿Cómo es el encuentro amoroso que recuperan estas páginas? Un poemario que busca el origen solo puede proponer una pasión original, también a contra-mano de las relaciones con exceso de positividad. Es un amor paciente que transcurre en el bosque, en una casa con una gran mesa de madera milenaria; un amor plagado de silencios, de libros, de espacios vacíos. Un sentimiento concentrado en las manos de un hombre que teje un manto en un telar.
Siempre pensé que el amor, como el tiempo, es no lineal: escapa a las leyes de la productividad y la acumulación. El amor nunca se interrumpe, no realmente. Queda, en todo caso, en suspenso. Se retoma en cualquier momento, sin aviso o explicaciones. En el amor, un instante de hace diez o veinte años puede regresar vívido, demoledor o edificante, porque el amor, como la poesía, como dice Laura en uno de sus poemas, abre los sentidos. El amor es una herida por la que se filtra el mundo. Es un sentimiento atemporal y su clave tal vez sea, entonces, la nitidez, la reticencia a desdibujarse. Puede que el amor y el río de la memoria sean lo mismo.
Por eso voy a terminar con otro de los poemas, un poema celebratorio:
Frente al deseo
Escribió ella
Hay dos clases de hombres
esfumados y nítidos
Eso se ve en los ojos.
Yo amo a los nítidos, brillantes afirmó.






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