La última olímpica, Marguerite Yourcenar
- Laura
- 1 ago 2021
- 4 Min. de lectura

Hay victorias y una vuelta de rueda las transforma en derrotas; hay derrotas y la justicia divina les devuelve, a la larga, su semblante de victorias: Olimpia, ciudad donde se gimió por no haber obtenido la corona, donde se gritó de júbilo por haberla conquistado y donde, ahora, sólo puede obtenerse la muda aprobación del silencio y el ramo que dispensa al azar la imparcialidad del viento. Un valle suave como la palma de la mano humana, surcado por la línea de corazón de un río, por la línea de vida de otro río mayor y en donde, al este, se eleva el monte de Júpiter, que el sol de la mañana salta como un disco lanzado por un atleta. Antaño, en los tiempos en que Grecia era una India atestada mas no abrumada de dioses, un equipo de sacerdotes se dedicaba aquí a frotar con aceite la estatua colosal de Zeus, que lleva en la mano la Victoria. Nosotros ya no podemos sino admirar confiados a ese dios de oro y marfil cuya sola mención nos recuerda que Olimpia fue un lugar al que se iba a rezar tanto como a recibir coronas. Pero antes de que se introdujera el culto a Zeus, ya había otras estatuas que reinaban aquí, estatuas de mujeres: Hera, la de los ojos bovinos, eterna como la hierba, apacible como los animales del campo. El Zeus posterior no es sino un doble barbudo de esa gran hembra santa. Como en La Géante, uno de los poemas en los que Baudelaire llega a alcanzar la Grecia de los mitos por no haberla buscado, nos hallamos aquí sobre las rodillas de una mujer divina. Los umbrosos pinos son su cabellera, en la que ponen unos hilos grises los olivares; son sus venas los riachuelos; el torbellino de las victorias no es sino un vuelo de palomas cuyas blancas plumas diseminan los siglos. Sin duda, los robustos atletas eran jóvenes árboles; los suplicantes, troncos que elevaban al cielo sus dos ramas. Todo aquí pregona no tanto la metamorfosis como la identidad profunda. Las pocas columnas aún arraigadas en este suelo parecen sorprenderse de que no les crecen ramas ni flores, como a esas ninfas que se convertían en arbustos, como a los muchachos que se transformaban en narcisos o en jacintos. Las rodillas de la Tierra son dulces para los frutos, para los corazones caídos. Es preciso venir aquí para ver fundirse en un todo derrotas y triunfos, en un todo que nos desborda pero que, sin nosotros, estaría incompleto. Entre la vida y la muerte, entre la alegría y su contrario existe lucha, tregua y, para terminar, acuerdo. Acuerdo y acorde: la flauta de un pastorcillo que modula esa palabra en la lengua del boj, en la lengua de las cañas. Este sonido, apenas perceptible, se inserta en el silencio en lugar de romperlo. El más profundo secreto de Olimpia se halla contenido en esta única nota pura: luchar es un juego, vivir es un juego, morir es un juego; pérdida y ganancia no son más que diferencias pasajeras, pero el juego nos exige todas nuestras fuerzas y el destino no acepta más apuesta que la de nuestros corazones. Los héroes griegos, niños radiantes, jugaban con la muerte como se juega a caminar sobre la propia sombra, con la Victoria como con una paloma torcaz acostumbrada a posarse en su mano. Estamos aquí en uno de los escasos puntos de contacto que existen entre Grecia y Galilea, en donde un joven dios saca sus comparaciones de los pájaros y de las flores del campo: «Si no os tornais como ni- ños...» La Tierra procrea, alimenta, duerme sobre sus rodillas a su hijo Aquiles cuyos pies ligeros fueron las tabas de la Suerte, a su hijo Pélope, a su hijo Alejandro que convirtió el mundo en una pista olímpica. Las aclamaciones de la muchedumbre no son más vanas que el ruido de las hojas; un cuerpo que cae no es más trágico que un árbol que se desploma. La muerte es, todo lo más, el gusano inocente de una hermosa ftuta, y el árbol, y el hombre, y el gusano forman parte de la Naturaleza, que es el cuerpo de los dioses. Cae la tarde, tan dorada como lo fue la mañana, como lo fue el pleno día. Las cimas ensimismadas aceptan la noche del mismo buen grado con que aceptaban la aurora. Un poco de luz se posa en el hueco del valle, semejante a un poco de agua en el hueco de una mano fresca. Flota la noche, entretejida de oro a la manera de un tejido divino. La oscuridad aquí es más maternal, más fraternal que amorosa: la Gran Madre se torna Buena Virgen: Deméter vuelve a ser Perséfone; Latona se convierte en Artemisa. Las rodillas terrestres se van recubriendo lentamente de un terciopelo estrellado. La leche de Hera fluye por la Vía
Láctea, brota de una mordedura en el seno azul. La sombra en donde todo se torna Sombra deja apenas adivinar, en la palestra, la más esbelta de las columnas, fuste ahora solitario, alrededor del cual, antaño, los jóvenes justadores debieron pasar el brazo a menudo, como lo harían alrededor del talle de una mujer, fuste que no puede verse sin pensar en Hipólito. La vida, ardiente madrastra, rechazada en forma de Fedra, suscitaba contra él a un monstruo al cual hubiera exterminado Hércules sin gran dificultad, pero cuyo soplo bastaba para destruir a aquel joven virgen, a aquel joven-flor. Y luego, fatal, tranquilizadora, lunar, la Muerte se le acercaba en forma de Artemisa. El la adivinaba sin verla, pues los moribundos no hacen más que intuir a los dioses. Y nosotros, que sin cesar morimos nuestra vida, tampoco hemos vislumbrado a Artemisa. Pero aspiramos aquí su perfume de hierba y de astro, y, tendidos bajo este cielo, bajo estos fuegos, agarramos la noche como si fuese una punta de su manto. 1934 (1970) #margueriteyourcenar #literatura #escritura #grecia #mitos #hera #demeter #artemisa #sombra #tiempo #metáfora





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